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  • Ignacio De Leon

Una Dictadura Republicana para Venezuela (I)


(Lee Kuan Yew, PM de Singapur, en 1966)


"Dictadura" es una mala palabra. La asociamos con sujetos como Hitler, Stalin, Mao, Pinochet, Ceacescu. La asociamos con actitudes despreciables: abuso de autoridad, discriminación, tortura, silencio, complicidad. La asociamos con resultados calamitosos: hambrunas, desapariciones, guerras, muerte. Atribuimos a esta palabra una carga muy negativa, porque las imágenes que evoca en nuestra mente están ya condicionadas antes de siquiera comenzar la discusión. Quizás es por esta razón cognitiva, que cuando hablamos de ella, solemos pensar en sujetos torvos y de mala leche.

En cambio, cuando alguien nos habla de "democracia", la imagen que evocamos es la de algún filosofo griego togado, declamando algo que nos suena alucinante y profundo. Otros verán retratado al jurista Marco Tulio Cicerón, declamando en latín contra el conspirador Catilina ante venerables senadores romanos: "Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?" (¿Hasta cuando abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?). "Democracia" no nos trae a la mente a un Henry Ramos Allup, hablando de que "en el trance de doblarse o quebrarse ... hay que sacrificar partes para salvar el todo", o Hermann Escarrá declarando que "el Poder Judicial es custodio del Estado Constitucional", o al gran filosofo del Zulia hablando de "...si me matan y yo me muero", o a Henrique Capriles, la noche de su elección como Presidente de Venezuela, haciendo valer el triunfo del voto popular: "Pongan salsa".

No hay duda, las palabras tienen carga emocional que a veces juega con nuestra percepción de la realidad sin darnos cuenta.

Por esta razón, propongo en este artículo examinar sin apasionamientos una hipótesis simple: Que dictadura y democracia son dos mecanismos alternativos para administrar el poder, sin que por ello uno sea necesariamente mejor o peor que el otro. No examino la calidad de ese funcionamiento. Sencillamente, quiero constatar de qué manera las sociedades imponen la forma de gobierno, democrático o dictatorial, por razones prácticas, para atender a situaciones apremiantes que un consenso político organizado a través de la consulta popular ("elecciones", para entendernos) es incapaz de resolver.


Dicen por ahí, y por alguna razón será, que un camello es un caballo diseñado por una comisión. Quizás por esta razón, ante una situación de emergencia, calamidad, guerra o amenaza grave, las sociedades suelen designar estructuras de poder centralizadas dirigidas por un líder, llámese general, mariscal o dictador, en lugar de crear comisiones deliberantes.


Usualmente los pensadores se han centrado en el abuso del poder que deviene en dictaduras, frente a la consulta popular que caracteriza las democracias. Creo que esta es una visión prejuiciada de estas formas alternativas de gobierno, que idealiza una y castiga la otra. Como veremos enseguida, la realidad nos aporta un dato distinto.

Quizás la mejor forma de aproximarnos al tema sea a través de la historia. Si bien creo, con Karl Popper, que las leyes sociales no permiten predecir el futuro (eso que él llamaba "Historicismo"), la Historia nos sirve para contrastar ideas y situaciones, comparándolas con nuestra realidad actual. Nuestra visión actual de la política entroniza la democracia y condena la dictadura, haciendo aparecer a la primera en un pedestal, olvidando los abusos, asesinatos, desafueros, excesos y corruptelas hechas en su nombre. No sólo en Venezuela, por cierto.


La Historia nos muestra que las dictaduras, llamadas como se llamen, más de una vez, han salvado las sociedades del colapso.

Francia 1959. Charles de Gaulle asume la Presidencia de la Republica, luego de una prolongada crisis de Estado, donde el sistema parlamentario inaugurado en 1946 salió expulsado del poder, bajo amenaza de las Fuerzas Armadas de lanzar paracaidistas sobre Paris. Nadie criticó el golpe de estado sobre sistema político (de partidos políticos) responsable de perder Indochina (Vietnam) y Algeria. La presidencia de De Gaulle en medio de una ovación, tras la redacción de una nueva constitución, encomendada por él, que le confería poderes al Presidente no vistos en ese país desde Napoleón.

Singapur 1965. Lee Kuan Yew (en la foto, arriba) es designado Primer Ministro de la Republica luego de que Singapur fuera expulsada por la Federación de Malasia, a la cual se había adherido ese país luego de independizarse de Gran Bretaña. Singapur, una ciudad-país del tamaño de Caracas, estaba a punto de desaparecer, bajo la ola de violencia racial y religiosa entre malayos y chinos, que tenían sometida la ciudad al caos. Amenazada de invasión por Indonesia y Malasia, el partido gobernante PAP liderado por Yew, asumió el monopolio del poder, con un Parlamento nominal, por 15 años. En 1981 se permitió el acceso del primer parlamentario de oposición. Luego de eso, el PAP ha continuado ganando todas las elecciones, si bien hoy dia hay algo de más oposición en el sistema.

Inglaterra 1653. Luego de casi una larga guerra civil entre el Parlamento inglés y el Rey Carlos I, por decidir cómo habría de ser gobernada Inglaterra, si al estilo absolutista francés como deseaba éste o no, la contienda fue ganada por el Parlamento, quien resolvió cortar la cabeza del rey para zanjar dudas. La existencia de un reino sin rey inmediatamente conjuró el fantasma de la anarquía. La oligarquía inglesa, pragmática como siempre, llamaron al general Oliver Cromwell, hombre fuerte del Parlamento, para gobernar en nombre de una república que terminó ocho años después, a la muerte del Protector Cromwell, con la restauración del Príncipe de Gales, hijo del rey depuesto, quien asumió con humildad y realismo el cargo de rey (Jacobo I) con poderes dados por el Parlamento. No contentos con eso, en circunstancias parecidas, volvieron a dar un golpe de estado y llamar otro Hombre Fuerte (Guillermo de Orange, además extranjero), en 1688, en la llamada Revolución Gloriosa.

México 1929. Tras dos décadas de guerra civil, de presidentes que duraban en el cargo hasta el siguiente "alzado", los caciques políticos, liderados por el entonces general Plutarco Elias Calles, se saltaron la constitución (que establecía 4 años en la presidencia) para extenderla a 6 años como una presidencia absoluta, con un congreso nominal, a condición de desaparecer de la política para siempre al cabo de ese período. Para ello, se fundó un partido único de la Revolución, el Partido Nacional Revolucionario, posteriormente llamado Partido de la Revolución Mexicana y finalmente Partido Revolucionario Institucional (PRI), que elegiría al candidato ganador de su seno (lo llamaban "el Tapado", hasta que se daba a conocer su identidad). El PRI gobernó durante 70 años, hasta el año 2000. Mario Vargas Llosa llamó a este sistema "la dictadura perfecta". Este sistema permitió a México la paz política necesaria para industrializar al país durante 2/3 del siglo 20.

Japón 1945. Luego de quedar totalmente arrasada por la guerra, Japón tuvo que ver por primera vez en su historia la ocupación de su territorio por potencias extranjeras, dirigidas por el general norteamericano Douglas MacArthur. Nominalmente, se suponía que el general deferiría a un consejo consultivo creado por las potencias aliadas; en la práctica todo lo hizo él mismo. Las necesidades estaban por encima de los formalismos. Su primera prioridad era la creación de una red de distribución de alimentos, tras el colapso del gobierno y la destrucción total de la mayoría de las principales ciudades. Los habitantes literalmente morían de hambre. Siete años después, en 1952, luego de un proceso de institucionalización progresiva (incluida una nueva constitución en 1946), el estatus internacional del país fue nuevamente reconocido.

Es curioso que, en todos estos casos, la concesión de poderes absolutos para reconstruir países devastados por guerras no fuera considerado como "dictadura", sino como otra cosa (En Inglaterra, se le llamó "Protectorado", por ejemplo). Sin embargo, allí no hubo micro-consensos propios de congresos, asambleas, comisiones, primeros justicias, voluntades populares, acciones democráticas, o muñecos parecidos. Lo que hubo fue un macro-consenso social por el cual se delegó el poder a un "hombre fuerte", revestido de la autoridad necesaria, para que pudiera movilizar las exiguas fuerzas sociales de la mejor forma posible, durante el tiempo que durase la situación excepcional. En unos casos, 5 años, en otros, 30 años, en otros, 70.


A veces imaginar escenarios contrafácticos aclara la mente. ¿Imaginan qué habría pasado en Alemania si a los americanos les hubiera dado por convocar elecciones el verano de 1945, con la estructura del partido nazi derrotada militarmente, pero aun existente? Pues que algún ministro de Hitler (posiblemente Göring), habria sido el Primer Ministro de la Alemania de la post guerra, en lugar de ser convicto del Tribunal de Nuremberg. ¿Bizarro, no?


Bien, ¿Quiere decir esto que una dictadura garantiza un buen gobierno, la felicidad colectiva, el Bien Común en situaciones de emergencia? De ningún modo: Los Pol Pot, Mao Tse Tung, Somozas, Stroesner, Duvalier, Idi Amin, Hitler, Mussolini, o Ceacescu son demasiados como para tenerlos como una "anomalía estadística". Pero esto no debe confundirnos. La razón de sus fracasos o excesos se debe a lo que se hace con el poder una vez centralizado, no a las razones que justifican un mando central. Tanto como el fracaso de la democracia venezolana se debe a lo que Rafael Caldera o Hugo Chavez (por nombrar solamente a los más conspicuos), tuvieron en el cerebro cuando estaban al mando de esa "democracia". De Maduro no podemos hablar, porque todos sabemos que tiene cerebro prestado.


Simplemente, he seleccionado casos de la historia que comprueban la centralización del poder como única respuesta viable, necesaria y efectiva para enfrentar la desaparición como sociedad. Esta idea, muy antigua, fue traída de Roma, entidad política que constitucionalizó la figura del "dictador" y nadie se dió por ofendido. En el caso romano, la dictadura duraba por el tiempo necesario para cumplir con su propósito o en su defecto, durante 6 meses. Esta dictadura no hacia cesar el imperium o mandato de otros funcionarios, pero los subordinaba al dictador. Era una figura republicana, porque su justificación era precisamente proteger la existencia misma de la República en caso de amenaza grave. ¿Nos suena familiar?

En mi próximo post, explicaré la diferencia entre una dictadura republicana, como las que he descrito arriba, y las dictaduras tiránicas, como la que padecemos hoy, merced a los buenos oficios del Sr. Maduro y su oposición.


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