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  • Ignacio De Leon

La Dictadura de la Ley

Updated: Oct 7


El rey Alfonso el Sabio, autor de las Siete Partidas,

Miniatura de las Cantigas de Santa María.


Desde sus inicios, la República de Venezuela se construyó a la sombra de una dictadura, o serie de dictaduras. Este es un feo expediente de nuestra historia para quienes ven las dictaduras como patologías sociales producto del atraso cultural. Yo lo veo diferente. Veo las dictaduras como la respuesta que la sociedad reclama cuando se enfrenta a un problema mayor que carecer de libertad politica, esto es, la anarquía.


En el territorio del Imperio Español, la anarquía creada por el vacío de poder dejado por la implosión de la Corona española en 1808 fue lo que hizo a las sociedades de las Américas construir sus repúblicas nacientes sobre la institución del caudillismo. Esta fue la respuesta lógica de las sociedades, que buscaban reemplazar con la voluntad de sujetos, al andamiaje normativo iniciado en las Siete Partidas de Alfonso el Sabio, traídas al Nuevo Mundo en las carabelas de Colón, y adaptadas por ese complejo entramado que conocemos como Leyes de Indias. La negación de ese andamiaje cultural, producto de la Leyenda Negra y la búsqueda de mitos fundacionales por los Libertadores, creó en los cabildos de los países hispanoamericanos -entre ellos, en la Capitanía General de Venezuela- el espejismo de reproducir constituciones ancladas en los mitos de Libertad, Igualdad y Confraternidad de la Revolución Francesa, y la Constitucion de los Estados Unidos.


Pero los futuros creadores de los Estados Unidos, lejos de rechazar su patrimonio cultural con leyendas negras, habían reivindicado en su nueva república los derechos que Inglaterra les había negado como "ingleses americanos". Por eso, no tuvieron problema en llegar a una paz con su antigua metropolis casi inmediatamente después de cesar las hostilidades, dos años después, en el Tratado de Paris de 1783. España y Venezuela firmaron el Tratado de Paz y Amistad en 1845, 24 años después de la Batalla de Carabobo. Por eso, también, crearon una Constitución Federal en esencia similar a las cartas de derechos que las colonias inglesas tenían con la Corona Inglesa antes de independizarse. No se pusieron a inventar el futuro, sino abrevar en su pasado.


La Emancipación de las provincias del Imperio Español en las Américas (eso que conocemos como Guerra de Independencia, pero que no pasó de ser una guerra civil), fue una negación de lo español. Por eso, degeneró rápidamente en una matanza indiscriminada comparable a la Revolución Francesa. En ella, los franceses decidieron sustituir su "Antiguo Régimen" monárquico con una nueva institucionalidad republicana, pero al abandonar su pasado institucional, sobrevino la anarquía, ese reino del terror que conocemos con la imagen de una guillotina. Y luego de ella, un caudillo, Napoleón.


En Hispanoamérica no fue diferente. Al negar nuestro pasado institucional, sobrevino la anarquía de la Guerra a Muerte, un vacío de poder que tuvo que ser eventualmente llenado por caudillos. Pero la cosa no terminó con la salida de los peninsulares, sino que supuso la forma fundacional de creación de cada república en la America Hispana. No sólo fue Paez en Venezuela; fue Rosas en Argentina, Flores en Ecuador, Santander en Colombia, Santa Anna en México, y Morazán en Centroamérica. Todas fueron las mismas expresiones de poder centralizado alrededor de un hombre, dado que las leyes imperiales habían dejado de existir, y las republicanas aun carecían de legitimidad.


Sólo luego de un largo proceso de creación de consensos entre élites de poder, alrededor de ideologías políticas traídas de Europa (socialdemocracia, social cristianismo, marxismo) fue que en Hispanoamérica comenzó a gestarse un sistema de cierta representación popular. Hablo de "cierta" y no "plena" porque los sistemas democráticos latinoamericanos surgidos a partir de la segunda mitad del Siglo 20 jamás tuvieron la legitimidad propia de los sistemas democráticos modernos, donde un sujeto es elegido como representante por el voto uninominal de sus representados y por tanto asume una responsabilidad personal con sus votantes. La democracia latinoamericana del siglo 20 y lo que va del 21 es una democracia gestionada por élites de partidos, de una u otra forma socialdemócratas, como lo reconociera el brillante escritor venezolano Carlos Rangel en su obra más famosa Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario. Fue una democracia en las formas que en el fondo reproducía la esencia del caudillismo político del siglo 19 y primera mitad del siglo 20, pero sin hombres a caballo. Más bien, era un sistema representado por políticos socialistoides discurseando en tribuna pública. En estas democracias, los políticos no respondían de sus actos ante el electorado, sino ante los partidos que los elegían en listas de color o "planchas".


El hartazgo de las sociedades por la opresión abierta o encubierta de los partidos socialdemócratas (todos) las hizo explorar alternativas de poder popular "genuino", sobre todo, a partir de comienzos del siglo 21. Por un momento, se creyó que esa alternativa serīa gestada por el izquierdismo mesiánico, que ofrecía crear sistemas auténticamente populares. Pero lejos de concebir un sistema descentralizado de poder, donde el voto uninominal decide la representación popular, el "socialismo del siglo 21" produjo el efecto exactamente opuesto. Era de esperar, pues no es lógico suponer que el poder politico iba a descentralizarse a la par que el poder económico se concentraba en manos del grupo de politicos dirigentes. Era como pretender adelgazar yendo a McDonalds todos los días. Al crear economías socialistas se emasculó la naciente institucionalidad democrática en toda la región.


Por todo esto, refundar las repúblicas -particularmente las extintas, como Venezuela- exige varios cambios radicales de forma de concebir nuestra relación social. Lo primero pasa por reconocer nuestro pasado y abrevar en nuestras propias tradiciones culturales, en lugar de renunciar a ellas para abrazar la "nada". Nuestra idiosincracia Hispana, nos hace herederos de una tradición civilizadora occidental, romano-cristiana, que protege derechos humanos, promueve un Estado promotor de desarrollo equitativo y humano, para lo cual se apoya en el poder local (cabildos), cuya mayor expresión es la propiedad privada. Precisamos reforzar formas genuinamente descentralizadas de poder politico cercano al ciudadano, lo que supone voto uninominal para cualquier elección.


Lo segundo es reconocer, en el caso de Venezuela, que los grupos de poder político actuales, practicantes del elitismo de partidos, son incapaces de instaurar un régimen politico que les cercena sus privilegios. Sus ideologías socialista, socialdemócrata o social cristiana son mamparas ideológicas concebidas para crear fantasias sobre un bienestar social que ha sido demostrado, en 60 años ocupando el poder, que sólo beneficia a sus familias y amigos. En otras palabras, la reconstrucción de Venezuela no es asunto tecnocrático de aplicar un plan de gobierno ideológicamente socialdemócrata (como el Plan Pais, que pide reconstruir Venezuela haciendo crecer su Deuda Pública) o socialista (como la ristra de Planes Socialistas del Regimen de Maduro); es un asunto politico de desconcentrar el poder económico. Naturalmente, el resultado de esa desconcentración no es otro que la protección irrestricta de la propiedad privada.


Pero como se precisa evitar la anarquía social, esa estrategia precisa una dictadura, la de la ley, que se imponga por encima de la voluntad de los sujetos interesados en su propio beneficio. Esto exige pensar en macroconsensos políticos. La dictadura de la ley debe ser aplicada por una autoridad con poder suficiente, pero ese poder debe someterse a reglas previamente convenidas. Por ejemplo, dicha autoridad no puede extenderse más allá de un tiempo prudencial (5 años?) para ser eficaz; debe tener suficiente capacidad de fuego para someter por la fuerza a quien la enfrente militarmente; debe descansar en las regiones y donde sea posible imponer el autogobierno local (municipal), lo que exige una nueva arquitectura de gobierno politico-territorial; debe ser absolutamente implacable con la corrupción administrativa; debe ser implacable con los violentos, pero sobre todo, consigo misma, respetando los derechos humanos, asegurando juicios justos para que los delitos cometidos contra los ciudadanos no queden impunes.


Porque estemos claros: Esas distinciones sesudas de algunos abogados (¿por qué siempre son abogados?) sobre la separación de poderes, Montesquieu, la Constitución de los Estados Unidos y otras exquisiteces, sin haber leído un libro de Historia, ni entender nuestro propio origen como sociedad, están muy bien para quien puede darse el lujo de comer tres veces en Venezuela. No funciona para el 99.9% restante de la población, que muere sin medicinas o comida, que no tiene seguridad, ni agua, electricidad, gas o gasolina.


Una dictadura de la ley solamente funciona si conocemos realmente nuestras leyes fundacionales como sociedad.

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