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  • Ignacio De Leon

Neofascismo, hoy.


En 2008, fue lanzada en Alemania una película de bajo presupuesto pero de enorme éxito inspirada en hechos reales sucedidos en Palo Alto, California, en 1967. Rainer Wenger, un carismático profesor de bachillerato, buscando motivar a sus estudiantes en el estudio del fascismo, decide hacer un pequeño experimento social con ellos, en lugar de enviarlos a la biblioteca a investigar. Crea un nombre unificador al experimento o “movimiento”: La Ola. A partir de ahí, nuestro profesor va consensuando con ellos ideas para acentuar el espíritu de grupo: exigirles asistir a clases vistiendo camisa blanca, los estimula para crear un emblema para el grupo, e incluso, un peculiar saludo visual. 


Rápidamente, La Ola comienza a cobrar vida propia, despertando la crítica de los chicos más independientes, quienes se resisten a dejarse arropar por ella, pero también -y esto es lo más interesante- la adhesión entusiasta de los hasta entonces tímidos y marginados del salon, como Tim. A medida que pasaban los días, La Ola comenzaba a hacerse notar mediante actos de vandalismo, liderados por un Tim cada vez más fanatizado, todo a espaldas del profesor Wenger, quien acaba perdiendo el control de la situación. El desenlace, como cabe esperar, es trágico.


Quienes deseen ver el trailer de la película pueden hacerlo aquí.


Tradicionalmente se ha explicado la ideología fascista “desde arriba”, a través de la cosmovisión de sus líderes. Hitler anclaba su visión del mundo en la superioridad de la raza aria; Mussolini lo hacía en su idea de la superioridad de las élites. Poco o nada se dice sobre la motivación personal de los individuos que se adhieren a ella, que se diluyen en ese confuso género llamado las “masas populares”.


Para los Tim que forman esa “masa popular”, el fascismo supone una manera de compensar su debilidad, su timidez, su incapacidad de triunfar bajo el cartabón social, volviéndose invisible en la estructura emocional de la masa colectiva. Entregarse al grupo es una forma gloriosa -para ellos- de superar sus carencias personales. No es casualidad que los nazis pusieran especial cuidado en reclutar a desadaptados sociales y malvivientes. Antes de sumarse al partido nazi, Goering era un narcisista héroe de la aviación militar, desempleado; Goebbels era un fracasado escritor de novelas, acomplejado por su pie deforme, que le obligaba a cojear; Röhm, un homosexual enclosetado por las circunstancias; Rosenberg, un teorico mediocre acosado por sus compañeros en el colegio, quien busca un escape haciéndose antisemita fanático; Himmler, un esquizoide carente de estructura emocional como se desprende de su diario, frustrado por intentar sin éxito unirse al ejercito, y el propio Hitler, un pintor bastante mediocre y arquitecto fracasado. No hablemos de los menos notorios.


La cercanía del Internet nos está haciendo vivir en vivo y directo el surgimiento de nuevos “excluidos”: BLM/ANTIFA, LGTM, Feministas, islámicos radicales, climatólogos y otros que aún no han adquirido notoriedad. Es una diversidad de grupos que, a falta de mejor nombre, se les conoce por el más engañoso: “progresía”, por plantear la suya como una lucha por la “reivindicación”. Reúnen una colección variopinta de excluidos -otros los llamarian “fracasados”- del sistema capitalista dominante desde la caída del Muro de Berlín en 1990. Reclaman reglas mundiales de comportamiento sobre lo “políticamente correcto”, para imponer su ideología incuestionable. Tan incuestionable como la 9mm automática que Tim desenfunda cuando se ve acosado en una calle desierta, junto con otros compañeros de La Ola, por un grupo rival.


La pregunta interesante es ¿“excluidos” de qué o de dónde y por quien?


La respuesta fácil es suponer que la exclusión está en la sociedad patriarcal, en la tiranía de la heterosexualidad, en la raza blanca, anglo y protestante (WASP), la intolerancia religiosa o en el sometimiento a una vida deshumanizada por la contaminación ambiental del sistema capitalista. Para mí estas son coartadas, no causas. 


Yo creo que la causa real detrás del manifiesto de estos excluidos está en su creencia de que el sistema capitalista, junto con los valores que lo sustentan (familia, propiedad privada, leyes iguales para todos) es intrínsecamente inmoral. Esta creencia nos viene del Marxismo. Desde sus orígenes, el Marxismo ha criticado el sistema capitalista de producción por excluir a la gran masa obrera (proletarios) del goce de las bondades del sistema productivo. Para ellos, la propiedad privada es un robo, la familia es una noción pequeño burguesa que promueve el egoísmo, la religión distrae al Pueblo para no hacer la revolución y mantener así los privilegios de la clase "explotadora", y así sucesivamente.


Según los marxistas, el capitalismo es injusto porque en este sistema de producción el empresario se apropia ilícitamente de la  “plusvalía” de trabajo que generan los victimizados obreros en el sistema productivo. La plusvalía (valor por encima del valor "real" de un bien) permite al empresario lucrarse por encima del aporte individual de los obreros en la fabricación del bien. Dicho de otro modo, se apropia de algo que no ha producido. Puede hacerlo pues controla los medios de producción con sus leyes burguesas opresoras. No obstante, ya Böhm-Bawerk (1896) había puesto en evidencia la debilidad del error intelectual de Marx (paradójicamente, error heredado de Adam Smith, pero esa es otra historia): creer que el valor de las cosas surge del “trabajo” que luego se vende con plusvalía, lo que hace prescindible del proceso productivo a cualquier otro que no sea el trabajador, obrero o empleado. 


Sin embargo, todos sabemos que no importa cuántos Steve Wozniaks hayan participado en el proceso de creación de un programa operativo innovador como fue Apple en su momento. Sin el empresario Steve Jobs, Apple jamás habría salido del garage en que fue fundada por él y por Steve Wozniak, el ingeniero “obrero” y genio creador del pionero programa operativo Apple. Lo mismo puede decirse de los Rockefeller, Vanderbilt, Ford, Musk, Gates, y tantos otros que han forjado el mundo moderno en que vivimos. Si desean ver una serie de TV interesante sobre el tema, les recomiendo Los Hombres que Construyeron América. Sin empresarios capaces de olfatear donde los recursos son escasos para colocar allí sus innovaciones, sencillamente no hay producción que vender al mercado.


Esto no lo entienden quienes carecen de ese olfato empresarial. Para ellos, sencillamente, el sistema capitalista los excluye sistemáticamente. Por eso lo tachan de "injusto". Se sienten frustrados porque no han podido triunfar en un sistema cada vez más competitivo. Esto los ha llevado a abrazar tesis auto complacientes, exculpatorias, criticando al racismo, la intolerancia religiosa, el privilegio de los blancos, o la inferioridad de género. Sin embargo, los datos empíricos muestran que es en Occidente donde uno puede toparse con el mayor número de mujeres ocupando cargos de Jefes de Gobierno (o “Jefas,” como le gustaría llamar a las feministas), de oportunidades para minorías migrantes, o una Ley de Igualación en Derechos Civiles de más de medio siglo de existencia (Civil Rights Act, de 1964); o unas fuerzas armadas que aceptan homosexuales sin que a nadie le cause molestia y un largo etcétera.


Es interesante ver que estos grupos arremeten contra Occidente por la paja moral que ven en su ojo, pero callen frente a la viga en el ojo de otras sociedades donde estos problemas son realmente serios y sistemáticos. Cuando a personas negras se les prohíbe acceder a McDonalds en Beijing culpan a McDonalds, no al racismo imperante en ese país; callan cuando mujeres iraníes lapidadas por violaciones sexuales que a ellos les parecerían fruslerias; promueven su Orgullo Gay pero callan ante la represión de homosexuales perseguidos por el sistema legal en países opuestos a Occidente. Saquean tiendas Gucci o Apple en nombre de una supuesta reivindicación a su herencia africana, pero cuesta imaginar a Malcolm X saliendo de Best Buy cargando con un Pantalla plana en la espalda sin factura de compra.


En el fondo, su odio es contra ese sistema occidental que premia los creadores, los innovadores. No es contra los esclavistas de negros que hoy trafican en Africa, o de homosexuales torturados en carceles de Iran, o obreros con salarios de esclavos en China. Esos no viven en Occidente.


La ideología anti-capitalista está en la creencia malthusiana de comienzos del siglo 19, según la cual la población come demasiado, se multiplica demasiado, consume demasiado, ensucia demasiado. Por tanto, las pandemias niveladoras pueden ser convenientes, como lo sugiere el insólito artículo del New York Times haciendo apología con esa segadora de vidas COVID19. Esta forma de razonar no es distinta de la empleada por los nazis para llevar a los hornos crematorios a 6 millones de seres humanos, que ellos pensaban que comían demasiado, se multiplicaban demasiado, consumían demasiado y ensuciaban demasiado.


Esta es la lógica neofascista que se ha enquistado en el alma de Occidente con esta mascarada de “reivindicación por la justicia”. Razón tenia Churchill cuando decía que los fascistas del futuro se llamarian a sí mismos “antifascistas”. Es la nueva Ola que amenaza con convertirse en tsunami devastador de Occidente, y por tanto, de la civilización.



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