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  • Ignacio De Leon

El Signo de los Tiempos


El pasado 24 de julio tuvo lugar un evento que marca el signo de los tiempos por venir. Esto fue curiosamente inadvertido (¿acaso silenciado?) por los medios de comunicación internacional. El museo Hagia Sophia, en el corazón de Estambul, ha sido convertido en una mezquita; o más bien, reconvertido, y he aquí lo interesante del episodio.

Desde su construcción inicial en el año 360, Hagia Sophia ha sido un edificio emblemático para los políticos que han gobernado desde Estambul, la ciudad mágica, medio occidental, medio musulmana, que conecta Europa con Asia en el Bósforo. Para entender por qué, hay que hacer un poco de historia.

El edificio original fue construido por el Emperador Romano de Oriente Constancio II, hijo del gran emperador Constantino, para enfatizar la tolerancia hacia el Cristianismo decretada por su padre Constantino el Grande tras el Edicto de Milán (313). A pesar de que aun no seria reconocida como la religión oficial del Imperio sino hasta el 380 por el Emperador Teodosio, el emperador veía en los cada vez mas numerosos cristianos como una fuerza política de mayor peso que la tradicional aristocracia pagana heredada de Roma. Por eso quiso enviar una clara señal de su alianza con la jerarquía eclesiástica cristiana. La construcción de la iglesia de Sancta Sophia (como se le bautizó entonces), fue esa señal.

En 532, ya desaparecido el Imperio Romano, este edificio relativamente modesto fue ampliado en la estructura que hoy conocemos por el por el Emperador Justiniano, en los albores del Imperio Bizantino. Justiniano era un sujeto de altos vuelos: compiló el Derecho Romano de cinco siglos de antigüedad, y reconquistó Italia de los godos. Pero no estaba satisfecho. Quería trasladar el simbolismo de ser capital del cristianismo, hasta entonces en cabeza de Roma, a la nueva capital del Imperio, Constantinopla (luego Estambul). Esto lo necesitaba para gobernar como jefe político de su naciente imperio. Para ello, hizo construir una monumental basílica, que ha durado hasta el sol de hoy.


La basílica de Justiniano fue transformada en mezquita por el Sultan Mehmed tras la toma de Constantinopla por los otomanos en 1453. La renovación arquitectónica fue mínima: solamente se adicionaron cuatro minaretes en los costados del edificio. La majestuosidad del edificio hizo ver a Mehmed lo conveniente de mantener la estructura, transformando su uso religioso, que podía utilizarlo como símbolo de la gran era musulmana que él había inaugurado. Lo mismo había hecho Fernando III en 1236 con la gran Mezquita de Córdoba, luego de reconquistar la ciudad para el cristianismo.

Pasaron casi cinco siglos. Estamos ahora en 1935. Estambul ya no es asiento del Imperio Otomano, disuelto en 1919 luego de ser derrotada en la Primera Guerra Mundial. Ahora Turquía está gobernada por Mustafa Kemal Ataturk, un militar dictador empeñado en secularizar la política de su país, sacando los imanes y religiosos musulmanes del gobierno. Ataturk quería modernizar a su país, para lo cual entendía que era indispensable occidentalizarlo en todo lo que fuera posible, desde la vestimenta (se prohibió el uso del tradicional fez en los hombres, y del velo en las mujeres) hasta el alfabeto, que abandonó la grafía árabe por la latina occidental. Su objetivo era crear un Estado moderno, democrático y laico. El símbolo que utilizó para mostrar su visión de la nueva Turquía fue casi obvio: hizo transformar la gran mezquita Hagia Sophia en un museo, despojándola de su estatus religioso. Así permaneció hasta el 23 de julio de 2020.

La pregunta interesante es el símbolo que ha querido mostrar Erdogan al mundo al reconvertir el edificio en mezquita nuevamente: destacar su apoyo al nacionalismo turco, en clave religiosa. El presidente turco ya no confía solamente en el ejército para mantenerse en el poder. Por eso, busca apoyo en el creciente islamismo militante. Como buen autócrata, intenta atraer al simpatizante musulmán, apelando al pasado heroico del Imperio Otomano. Este público cada vez más radicaliza sus posiciones, abandonando el secularismo de sus padres y con ello, desestiman la alternabilidad en el poder que es consustancial a la democracia. Dicho de otro modo, Erdogan ha encontrado la coartada perfecta para mantenerse en el poder indefinidamente.

Pero lejos de clamar al Cielo contra esta tendencia sociopolítica “confesional” y antidemocrática, hay que entenderla como una realidad que marca el signo de los tiempos que vivimos. Pues este proceso en la política que tiende hacia recomponer la organización del poder no es único de Turquía. En todos los países hay un cuestionamiento cada vez mayor contra la democracia, que es percibida como instrumento inútil para atender las necesidades inmediatas de la gente, que no está en votar, sino en tener calidad de vida. Que la democracia haya traído la prosperidad consigo es una mera hipótesis debatida entre los científicos sociales y valga el momento para decirlo, es una cuestión lejos de haber sido resuelta. En todo caso, lo planteado aquí no es un análisis científico, sino una percepción generalizada de la población en países cada vez menos creyentes en la religión globalista y democrática.


Y la política se construye con percepciones, no con realidades.

En el mundo islámico la tendencia autocrática se manifiesta en una orientación confesional hacia el Islam, lógico. En Occidente, el proceso se está manifestando en una creciente afirmación de las nacionalidades, por oposición al globalismo democrático surgido de la postguerra en 1945. Occidente ha dejado de creer en la libertad y tolerancia, las elecciones son vistas cada vez más con aburrimiento por nuevas generaciones de milenials y generación Z, que buscan la solución a los problemas de la humanidad con la misma impaciencia con la que esperan que un algoritmo del app y el smartphone resuelva una necesidad de un usuario. El obligado dialogo democrático les parece ineficiente. Siendo honestos con nosotros mismos, hay razones para entender esa impaciencia, en un mundo donde la innovación se impone a pasos gigantes, mientras que las instituciones sociales y políticas, apenas puede mantener el paso y son frecuentemente un obstáculo a la misma. Por eso ellos son cada vez más presa de religiones laicas como el postmodernismo (que es no creer en nada y ser irreverente con todo) o el Neo-marxismo, que en sus versiones feministas, de género, racistas, ambientalistas, y grupalistas, promete un mundo futuro auspicioso que nunca terminará de llegar, porque como el Reino de Dios, no es de este mundo.


Estos son los signos de los tiempos que nos ha tocado vivir.

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